31 Oct 2004

No hay dolor!

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Los cristianos en sus comienzos, y aún en nuestros días, mortifican su cuerpo como vía de conversión. Una de las muestras más claras hoy en día es el ayuno voluntario como muestra de que no solo de pan vive el hombre. Otra muestra más clara es la calefacción central.

Es cierto que el invierno, o mejor dicho el otoño, ha venido de golpe. Sin comerlo ni beberlo, sin un tiempo de transición o tregua. Sin, en definitiva, un aviso de “Que voy que vooooyyyy….” por parte del frío. Una mañana hacía sol y al día siguiente: viento, lluvia y frío aparecían arrasando todas las gargantas que veían a su paso.

Esto ha sido un golpe de efecto por parte del invierno que no por poco esperado era imprevisible. Todos los años nos pasa lo mismo, todos los años nos pilla la tormenta con viento vistiendo nuestros polos y bermudas. Pero el que sea todos los años no ayuda a que nos conformemos. Ni a que tomemos medidas. En el edificio donde vivo hay calefacción central, y siempre, siempre, siempre el encendido de la misma es posterior al comienzo del frío. Esto ocasiona no pocas situaciones propias más bien de un monasterio de monjes franciscanos.

Una de las peores consecuencias de este frío traicionero unido a la centralización del calor se produce al levantarse uno a las 7.30 para ir a trabajar. El apartamento donde vivo es un cuadrado plantado en un 6º piso de un edificio de 12 plantas. Dos de cuyos lados dan a la calle, lo que hace que haya siempre luz, pero también que el frío entre con mayor fuerza. Si a esto unimos a que la ventana del baño es de lamas de cristal -y que, por tanto, nunca se logra cerrarla del todo- obtenemos una magnífica sala de torturas para el pobre desdichado que quiera ducharse a dicha hora. Para empezar el descalzarse es un ejercicio propio de un nazareno en la Semana Santa. El frío acumulado en las baldosas trepa por los pies llegando hasta los tobillos y dejando a su paso un rastro de dolor y entumecimiento. Tras esto toca el desprenderse uno del pijama que aún tiene el calor brindado por el magnífico edredón nórdico que todavía llace en la cama y que con cantos de sirena llama para que deje el frío de las baldosas para volver a su reconfortante abrazo. Superado esta tentación uno se desprende de los restos de calor que tenía y se introduce en la ducha. Ejercicio este de gran dificultad por cuanto el tiempo de espera hasta que se caliente el agua de la ducha es una tortura. Tortura que se redobla si se introduce uno en la ducha antes de que el agua alcance la temperatura óptima. El caso es que, en mi caso, yo me entretengo mirando en el espejo el vaho que exhalo por mi boca al respirar.

Una vez metido en la ducha, enjabonado y aclarado; a ver quien es el guapo que cierra el grifo del agua. El frío que espera tras la cortina está enrabietado por haber burlado su abrazo y en cuanto se cierre el grifo del agua va hacer todo lo posible para que se le sienta con mayor intensidad. Es por ello que tras haber terminado la ducha yo, personalmente, me quedo 5 minutos más bajo el agua concienciándome de lo que se va a producir unos minutos más tarde.

Tras cerrar el grifo el vapor de agua flota en el ambiente, se puede respirar y el frío aparece en cada movimiento que se hace. Apenas toda un pie el suelo del baño el agua se convierte en escarcha y los dientes comienzan a castañear. El albornoz merma un poco esa sensación tan desagradable, pero uno nunca llega a acostumbrarse. Aun queda peinarse, lavarse los dientes y afeitarse. Cuando se sale del baño uno se ha convertido en parte del frío y duele ponerse los calcetines, duele abrigarse. Ya que el frío se intenta agarrar con sus garras a tí y al echarle hace que duela.

Yo no quiero vivir en un monasterio, yo quiero que pongan la calefacción! Aunque, esta sensación de estar dentro de la película “El Nombre de la Rosa” tiene su encanto. Esperemos que no empiecen los asesinatos…







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