El monje benedictino se limpió el sudor de la frente. A pesar del frío que hacía en el interior del monasterio, estaba sudando. Y con razón. Estaba copiando una Biblia para el Obispo del lugar. Era un trabajo en el que se debía esmerar ya que posiblimente de su caligrafía y fidelidad para con los textos sagrados, dependía el estipendio que la Iglesia entregara a su convento ese año. El monje pertenecía al monasterio de Castromaría, un pueblo a las afueras de Toledo, famoso por los grandes copistas con que contaba. Entre todos ellos él era el de mayor reputación.
Se encontraba copiando el libro del Apocalipsis, texto de los más dificiles de copiar dada su extraña redacción y sus constantes giros. Ésto le hacía tener especial miedo a equivocarse y por eso sudaba. Llevaba mucho tiempo trabajando en ello. Más de quince horas únicamente interrumpidas por los rezos del día. Por ello que además se encontraba muy cansado y le costaba leer el original con la escasa luz que daban las velas del Atrium. El sueño le hizo cabecear un par de veces pero no podía detenerse. Ya iba retrasado y al Obispo no se le puede hacer esperar.
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Este ha sido un fin de semana de lo más intenso. Lo que principalmente hemos hecho ha sido comer. Y no es que lo diga yo que estoy obsesionado con el comer desde que intento ponerme a régimen, es que es verdad. El viernes comí normal, todo hay que decirlo, sin embargo el sábado empezó el cuento de no acabar. Me fui a comer a casa de Elena y Nacho que amablemente me invitaron a su casa. El menú consistía en una riquisima paella y en una magnífica ensalada. Me puse como el kiko y luego, para bajar la comida me puse a jugar con los hijos de este matrimonio tan estupendo cuyos nombres no voy a desvelar por respetar su intimidad (esto lo he aprendido de los programas del corazón). Luego quedamos toda la chavalería para recibir a Rafa y a María que venían de Alicante con buenas nuevas. Como quiera que aún no se lo han contado a todos los implicados no me parece bien el decirlo. Pero es bastante previsible. El caso es que nos pusimos hasta arriba de tapas y raciones. Después nos fuimos a un irlandés de Huertas a tomarnos unas copillas y celebrarlo. Fue una pena que no pudieramos estar todos. Realmente nos lo pasamos bien y fue como en los viejos tiempos cuando quedabamos todos para montar juerga en cualquier sitio.
Durante generaciones se había trasladado en la familia de las moscas el temor hacia los seres de ocho patas largas. Era tan remoto en el tiempo el origen de ese temor que no se sabía muy bien el motivo del mismo. Sólo se sabía que había que hacer todo lo posible por no acercarse a estos seres tan extraños. Cuando eran meras larvas a las moscas ya se les advertía del peligro que corrían si se acercaban a ellos. Y gracias a este temor no habían tenido que lamentar ninguna baja entre sus filas por ataque de estos seres monstruosos.
Golfo se levantó de su colchoneta. Había dormido estupendamente. Realmente era un invento esto de dormir al lado del árbol de metal caliente. Lo que más costó fue conseguir que los humanos se dieran cuenta de que era eso lo que quería. La verdad es que a veces se nota lo tontos que son estos hombres. La idea de dormir ahí no era suya. Se la había sugerido Chispa el otro día en el parque. Y la verdad es que se lo tenía que agradecer.
Iba Alfredo andando por los pasillos del Metro. Meditabundo. Reflexionando en lo mucho que había cambiado en los últimos años. Se planteaba si había aprovechado al ciento por ciento los días que había vivido. Si estaba aprovechándolo en ese momento. Y descubrió que tenía todo lo que podía pedir: Tenía donde dormir, tenía quien le quería y tenía un oficio que realmente le gustaba. Todo lo demás era superfluo. 


