El monje benedictino se limpió el sudor de la frente. A pesar del frío que hacía en el interior del monasterio, estaba sudando. Y con razón. Estaba copiando una Biblia para el Obispo del lugar. Era un trabajo en el que se debía esmerar ya que posiblimente de su caligrafía y fidelidad para con los textos sagrados, dependía el estipendio que la Iglesia entregara a su convento ese año. El monje pertenecía al monasterio de Castromaría, un pueblo a las afueras de Toledo, famoso por los grandes copistas con que contaba. Entre todos ellos él era el de mayor reputación.
Se encontraba copiando el libro del Apocalipsis, texto de los más dificiles de copiar dada su extraña redacción y sus constantes giros. Ésto le hacía tener especial miedo a equivocarse y por eso sudaba. Llevaba mucho tiempo trabajando en ello. Más de quince horas únicamente interrumpidas por los rezos del día. Por ello que además se encontraba muy cansado y le costaba leer el original con la escasa luz que daban las velas del Atrium. El sueño le hizo cabecear un par de veces pero no podía detenerse. Ya iba retrasado y al Obispo no se le puede hacer esperar.
Tan cansado estaba que las letras le bailaban. Y leia cosas que no estaban. Agradeciendo que se supiera el libro del apocalipsis de memoria parpadeó para que las letras volvieran a su sitio. Sin embargo, tras 4 parpadeos las letras continuaban moviéndose. Intrigado sujetó el libro y empezó a leer un extraño pasaje que nunca antes había visto:
Prohibamos los lunes
Cada vez me cuesta más levantarme un lunes. Creo que es consecuencia directa de la edad. Ya estoy viejo. Pero esta mañana me ha costado más si cabe. Esto de tener que abrir los ojos y levantarse uno es un ejercicio de lo más cansado. Ríete tú del marathón o de la carrera de gordas en brazos. Levantarse de la cama es un ejercicio, un esfuerzo ímprobo que casi me hace perder el sentido. Y es que ayer fue un día de lo más cansado: ir al trabajo en metro, trabajar, comer en casa de mi madre (un magnífico pollo asado que, por supuesto, no engorda), luego volver a trabajar… hasta ahí lo normal, pero luego me fui a casa a por el coche para ir a casa de mi tía Chonita. El motivo era arreglarle la conexión a “internes” que no lograban sacarla adelante. Llegué allí a las 20:30 horas y me fui a las 22:30 si nada más en claro que una cocacola y unas patatillas ya que no logré arreglar nada. Bueno, también ví a mi querida tía que siempre está bien.
Luego volví a casa tan cansado que me metí en la cama y me dormí nada más rezar mis oraciones…
Gaudencio, que así se llamaba el monje, se despertó. Se había quedado dormido. Al principio se alivió al ver que no era verdad lo que veía, pero luego se enfadó consigo mismo por haber permitido quedarse dormido. Cuando fue a ponerse otra vez descubrió con horror una K y una N enormes entrelazadas en mitad del pergamino que se encontraba escribiendo.
“Grande misterio me viene a visitar. Qué razón tendrá tamaño despropósito?” se preguntó extrañado. Y decidió irse a dormir temeroso de que peores cosas le ocurrieran.
3 personas superaron su miedo al qué dirán y pusieron un comentario:
Lo importante es el contenido
¡Tiembla, Umberto Eco! ![]()
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