Federico Sortí salió de su despacho feliz por haber cerrado el negocio con los japoneses. Era el contrato más importante que se había firmado por su departamento en los últimos 10 años y lo había hecho él. Estaba pletórico. Y más si tenemos en cuenta que sólo llevaba en la empresa 6 meses. Aleteaba más que caminaba. Iba a ver al Director para rendirle cuentas del resultado de las negociaciones. Esperaba que, por lo menos le ascendieran a uno de esos puestos que tan bien suenan en inglés. Sabía que iba a ser objeto de muchas envidias por parte de sus compañeros, pero sabría sortearlas.
El edificio donde se encontraban sus empresas era uno de los más modernos de la ciudad. Diseñado por el estudio ARQUO contaba con todos los avances tecnológicos y con un curioso sistema de distribución que hacía que para pasar de una sección a otra había que pasar por una terraza que se encontraba en el medio del edificio. Esta terraza tenía un jardín precioso lleno de árboles frutales y flores. El paso entre secciones siempre transcurría por ese jardín. Estando Federico en el mismo vió cómo de pronto el cielo se encapotaba. Antes de que pudiera salir corriendo un rayo, desatendiendo la llamada de los pararrayos de la zona fue a chocarse contra su cabeza.
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