Federico Sortí salió de su despacho feliz por haber cerrado el negocio con los japoneses. Era el contrato más importante que se había firmado por su departamento en los últimos 10 años y lo había hecho él. Estaba pletórico. Y más si tenemos en cuenta que sólo llevaba en la empresa 6 meses. Aleteaba más que caminaba. Iba a ver al Director para rendirle cuentas del resultado de las negociaciones. Esperaba que, por lo menos le ascendieran a uno de esos puestos que tan bien suenan en inglés. Sabía que iba a ser objeto de muchas envidias por parte de sus compañeros, pero sabría sortearlas.
El edificio donde se encontraban sus empresas era uno de los más modernos de la ciudad. Diseñado por el estudio ARQUO contaba con todos los avances tecnológicos y con un curioso sistema de distribución que hacía que para pasar de una sección a otra había que pasar por una terraza que se encontraba en el medio del edificio. Esta terraza tenía un jardín precioso lleno de árboles frutales y flores. El paso entre secciones siempre transcurría por ese jardín. Estando Federico en el mismo vió cómo de pronto el cielo se encapotaba. Antes de que pudiera salir corriendo un rayo, desatendiendo la llamada de los pararrayos de la zona fue a chocarse contra su cabeza.
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Esta tarde al llegar a casa he descubierto un sobre enorme encima del teclado del ordenador. Ese es el sitio elegido por [censurado] para dejarme cualquier cosa a mi atención, por lo que he sabido que era para mí. Corriendo he ido a investigar qué contenía. Era uno de estos sobres forrados por dentro con papel de burbujas de aire para proteger su contenido. Lo he levantado y sopesado. No parecía pesar mucho. Toqueteándolo he descubierto una caja como las empleadas para guardar las plumas y los bolis que a todos nos han regalado por nuestra primera comunión (en el caso de algunos la única). No sé si sabeis a los que me refiero. Son estos bolígrafos de parker o de inoxcrom… bueno, el caso es que he llegado a esa conclusión: alguien me envía unos boligrafos, pero… ¿quién? Corriendo he mirado lo escrito en el sobre y tras descubrir ni nombre y dirección perfectamente escritos con una caligrafía impecable, he leido el nombre y dirección del (la, en este caso) remitente. Era Miriam, una querida amiga peruana que ya me ha sorprendido más de una vez con envíos de lo más variado: empezó con una tarjeta de felicitación navideña, siguió con el tapiz que tengo en el salón de mi casa y ahora continúa con esto.
Estimados lectores de esta mi vida:
Erase una vez un puercoespín que quería ser ciervo y todas las noches lloraba y pedía a la estrella de los sueños, esa que sólo conocen los erizos, que le concediera su deseo. Cada noche se acostaba con la esperanza de ver su sueño cumplido y cada mañana se levantaba con la tristeza de ver que seguía teniendo las patas cortas. Esto le hacía sufrir mucho.
Francisco volvió en sí para ver a la misma anciana sentada en frente de él. “Lo que pedí fue no perder nunca la ilusión por vivir” contestó. “¿Y no se te concedió?” preguntó confiada su interlocutora. “Sí, claro que sí. Y es por eso que… me cuesta dar lo que me vienes a pedir”, contestó el chico con la vista clavada en la taza de café, frío ya, al que ni siquiera le había echado el azucar. “Si te sirve de consuelo -le comentó la mujer de negro- no es necesario que me lo des. Te lo puedo quitar yo, ya que me pertenece”. El hombre levantó la mirada apesadumbrado y con expresión de repugnancia ante la idea que le proponía la amable anciana. “Me pertenece -continuó- desde el momento en que sellaste el pacto con el pozo de los suspiros… incluso puede que desde antes”. El chico hincó los codos en la mesa y se frotó las manos, tenía frío a pesar de que el ambiente en ese café era de lo más cargado. Mientras lo hacía se dió cuenta de que daba la impresión de ser una mosca frotándose las patas y dejó de hacerlo para depositar de nuevo las palmas sobre el frío mármol de la mesa bajo la atenta mirada de la mujer. “No pensé que fuera a ser tan pronto -dijo con voz queda- pensé que sería mucho más tarde”.


