18 Ene 2005

El metro te transforma

Archivado en: (Tardarás en leerlo 6 minutos con 09 segundos)

http://www.karlankas.net/blog/wp-images/metro_01.jpg Hoy es martes, pero mis sentimientos son totalmente lunares. Estoy cansado, tengo sueño y para colmo hoy he llegado tarde al trabajo. Bien es cierto que el llegar tarde para mí no es ninguna novedad, pero desde que [censurado] entra a trabajar a las 9:00 de la mañana me veo obligado a levantarme a las 7.30 y lo prefiero porque con estos madrugones no he llegado tarde ningún día, es más suelo llegar con 15 minutos de adelanto. [censurado] me ha ofrecido turnarnos para levantarnos antes pero le he dicho que no, en el fondo prefiero levantarme antes y así tomarme el comienzo del día con tranquilidad con esos 15 minutos de asueto.

Sin embargo hoy se ha levantado él antes porque tenía que ir a hacer alguna gestión a las 8.00, por lo que he abierto el ojo (izquierdo, el derecho un poco más tarde) a las 7.50 (hora a la que podría levantarme todos los días si fuera como un rayo) con un número de ganas de ir a trabajar inversamente proporcional a la cantidad de sueño que tenía y con la promesa mental (repetida cada mañana) de ordenar mi cuarto por la tarde. Hoy creo que la promesa ha sido especialmente sincera porque casi me mato cuando tratando de evitar pisar el router he pisado las botas de esquí que están por el suelo de la habitación. Menos mal que me he caido sobre un montón de camisas sucias que había en el suelo y ha amortiguado el golpe, que si no no lo cuento! El caso es que he logrado salir del cuarto a pesar de semejante accidente.

Y, como ya he adelantado, he llegado tarde. Pero lo peor de llegar tarde no es el hecho de no cumplir con el horario de entrada (que ya que no he cumplido con él cumpliré con el de salida…) sino el hecho de coincidir en el metro con un numero de gente superior al que me suelo encontrar. Es lo más horroroso del mundo. Las personas, cuando entran en un vagón de Metro atestado, se transforman en una masa ingente de gelatina sudorosa que carece de voluntad propia y cuyo único objetivo en su existencia como ente colectivo es procurar que los pocos individuos que no formamos parte de condición de masa, nos sintamos lo más incomodo posible… llegando incluso a fagocitar a algún infeliz. Ayer me vi absorbido por dicha masa. Fue una sensación horrible. Se abrieron las puertas del metro y vi la masa compacta de personas carentes de voluntad (como los humanos en la película de “El Planeta de los Simios”) que me miraba con sus infinitos ojos. Cuando vieron que trataba de entrar dicha masa se moldeó de forma que creó un pequeño hueco en su persona para que pudiera asentarme. Una vez emplazado allí llegaron nuevas células de dicha masa que se apelotonaron delante de mí empujándome hacia dentro de tan repugnante ser. El metro lleno y ahí yo con los brazos doblados por los codos y las palmas de las manos vueltas hacia mi pecho, para evitar tocar nada indebido y sin posibilidad de agarrarme a nada, quedando a merced de los toqueteos de los filamentos nudosos de tan repugnante ser. Tras los diez minutos más desagradables de toda mi vida logré salir de ahí con la sensación de haberme sido arrebatados 6 meses de mi vida.

Pero casi peor es cuando individuos individuales adoptan comportamientos totalmente irracionales. Por ejemplo esta mañana. Se abren las puertas del metro y se montan primero 4 niños de unos 10 años con sus respectivas mochilas, colocándose estratégicamente en la entrada impidiendo la entrada de más pasajeros. Como eran niños y uno por la mañana no tiene ganas de discutir… más bien no tiene ganas de hablar, hice lo único que podía en ese momento: aguantar la respiración hasta que se cerraron las puertas y pegar mi cara contra el cristal de la puerta. Me sentí como spiderman. El motivo para disponerse así lo entendí más tarde: se bajaban en la siguiente estación. ¿Y no sería más fácil, digo yo, entrar los últimos en el vagón? Pues no señor, eso sería demasiado fácil para todos.

Y desde luego el hombre es un animal que en la época prehistórica se debía mover en manadas, y aún hay gente que mantiene ese comportamiento. Nunca entenderé la gente que, sin conocerse, salen del metro y se disponen en un hilo tapando todo posible paso a la gente que vaya más rápido que ella. Digo yo, si van a la misma velocidad ¿poir qué no se ponen unos detrás de otros? Pues no. Y esto es aún más cargante en las escaleras mecánicas. El sujeto ve que va a la misma velocidad que el de su derecha pero no se pone ni delante ni detrás ¿para qué? si no concibe que haya nadie que baje o suba las escaleras más rápido que él (o ella).

Esta mañana he sufrido todos los casos relatados y he llegado a mi puesto con unas ganas casi irrefrenables de morder la pata de la mesa. Al final no lo he hecho por el qué dirán, pero tenía tal rabia contenida que casi lo hago.

Lo acontecido desde la última vez que escribí sobre mi vida es tanto y tan variado que no me queda por menos que pediros perdón por no haber escrito nada hasta hoy. He tenido tanto trabajo que no he encontrado el hueco para hacerlo. Bien es cierto que también he tenido cierta pereza en las fiestas navideñas de ponerme a ello. El caso es que he retomado el hábito y así tendreis que seguir leyendome para vuestra desgracia. Sé que debo comentar varias cosas que había prometido, como mi pericia abriendo botellas de vino de 1956 o mi inicio del año esquiando, no os preocupeis. Todo se hablará.

Respecto a esto último os diré que por Nochevieja no teníamos pensado hacer nada, por lo que cuando el día 31 de diciembre me ofreció Esther ir a Valdeski dí palmas con las orejas. Hacía tanto que no esquiaba que me apetecía una barbaridad. Así que le dije que sí. Luego Jaime y Bea ofrecieron su casa para tomar unas copillas en plan tranquilote y allí que fuimos Maribel y yo pensando que volveríamos a casa pronto, ya que yo tenía que levantarme a las 6.30 para ir a esquiar.

El caso es que la cosa se complicó un poquito y me fui a dormir a las 5.30. Dormí una hora y me levanté a la hora pertinente. Sé que Jaime se solidarizó con mi situación y se puso el despertador a las 6.30 para ver qué se sentía levantándose tan pronto. Ni que decir tiene que apagó el despertador de un manotazo.

Llegamos a la estación a las 8.15 de la mañana y estaba llena de gente a pesar de que abrían las taquillas a las 9.30. Cada uno esperó una cola, Esther la de los esquís (que los alquilábamos) y yo la de las taquillas. Cuando ya llevaba 35 minutos esperando pensé que debería haber ido yo a por los esquíes ya que era mucho más engorroso. Así que fui a buscarla, pero se ve que ya estaba dentro de la tienda. Me asomé dentro y aquello era lo más parecido a un campo de concentración! Ríete tú del metro… la pobre mujer debía de estar ahí dentro… pero era imposible pasar. Así que decidí volver a mi cola para sacar los forfaits.

Salimos a la vez, le dí su entrada, me dió mis esquis y nos fuimos a la aventura. La estación estaba fenomenal, llena de nieve y con mucha gente pero bien repartida. Nos lo pasamos pipa esquiando. De comida de año nuevo me tomé un bocadillo de panceta que me supo a gloria. En febrero me gustaría mucho hacer un viaje de skí de 5 diítas… ¿alguien se apunta?

Mi pobre madre está de mudanza y está haciendo orden y tirando cosas. Es un horror porque hace orden también en lo que fue mi cuarto. Y me ha pedido que me lleve mis cosas. ¿Os imaginais la de cosas que he acumulado a lo largo de los 20 años que llevaba viviendo allí? Por lo pronto hay 6 cajas de mudanza llenas de libros esperando a que las meta en Astracán para llevarlas al minúsculo apartamento en el que vivo. Pero no pienso hacerlo… mi casa es demasiado pequeña y la de mi madre demasiado grande así que hasta que me cambie de casa (que no sé cuando será) se quedarán allí.

En fín, creo que me voy a comer… solo he escrito para deciros quee…he vuelto! (chan chan chan chaaaaannnn!!!)







Licencia de Creative Commons
Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Gestionado con WordPress