23 Feb 2005

Therk, el Señor del frio

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http://www.karlankas.net/blog/wp-images/hielo.jpg Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, en el pais donde se fabrica la nieve y donde el viento tiene su cuna, vivía el único hombre capaz de vivir en semejante pais donde sus campos cosechaban escarcha y el frío hablaba por las esquinas. Su nombre era Therk, y era conocido por todos como “El Señor del Frío”, aunque en realidad pocos le habían podido ver. Los que tuvieron la desdicha de verlo -cuentan las crónicas- jamás volvieron a hablar. Es por ello que la mera mención de su nombre provocara el miedo. Este miedo se veía agravado por el hecho de que no fuera un monstruo, sino alguién de figura humana. Un hombre capaz de vivir entre el intenso frío.

El motivo de que viviera en semejante paraje era un misterio hasta para él. Llevaba allí más tiempo del que nadie pudiera recordar. Los hombres le conocían por el Señor de las Nieves y realmente tenía poder sobre tal elemento: La nieve, la escarcha, el granizo, la lluvia, el viento y el frío eran sus servidores. Esto le hacía muy poderoso, pero estaba solo. Y esto le había ocasionado tener un caracter distante y tímido.

Un buen día, paseando por el jardín de nieve construido a los pies de su palacio de hielo, se encontró una paloma tendida en el suelo. Sorprendido al ver una forma de vida en medio de tanto frío la recogió del suelo y se la llevó a la habitación más cálida. Encendió un fuego y dió friegas al animal con la esperanza de que el calor le hiciera recuperar el aliento. Después de estar bastante tiempo intentándolo y viendo que no surtían efecto sus esfuerzos se derrumbó sobre una silla con el pájaro todavía en sus manos y se puso a llorar. Él, tan poderoso como era, podía ordenar al agua, al viento y al frío que le construyeran ese palacio de hielo, podía decidir sobre la vida de las personas, sobre la bonanza de sus cosechas, podía decidir el futuro de paises enteros, pero no podía devolverle la vida a un simple pájaro. Tanto lloró que terminó quedándose dormido. Al despertar descubrió en frente de él al pajarillo mirándole con curiosidad. Therk se quedó asombrado al descubrir vivo al que creia muerto. Al mirarlo con detenimiento descubrió que de su pata colgaba una pequeña funda. Se la retiró de la pata y comprobó que contenía una diminuta carta. La grafía que contenía era también minúscula, por lo que ordenó al hielo de la casa que se hiciera lente para tener una lupa con la que poder leer tan pequeña letra. Cuando pudo verlo descubrió que en su encabezado estaba escritos una K y una N… esas dos letras le resultaban vagamente familiares, pero no sabía por qué. Tras meditarlo durante un tiempo continuó leyendo.

¡Toma cambio climático!

Pero que bonito ha sido salir de casa esta mañana!! Estaba todo nevado, y lo que es mejor: Aún seguía nevando! La zona donde vivo está llena de jardines con árboles, y se veían los pinos preciosos teñidos de blanco. Pero lo realmente bonito eran los árboles de hoja caduca, con sus ramas teñidas de blanco. Parecían hechos de nieve!

Lo peor de todo esto era el andar con la nieve en el suelo. ¡Qué peligro! Parecía un militar dando pasitos cortos levantando mucho las rodillas. A pesar de todas las precauciones he estado a punto de besar el suelo en un par de ocasiones. El motivo de esa evitada desgracia no ha sido otro más que las hordas paragüenses. Sabeis a quién me refiero, ¿no? a todos esos desgraciados que van con paraguas por la calle y no contentos con ello, no contentos con restregarte por las narices que ellos tienen paraguas y tú no, se dedican a ir por debajo de las cornisas y de los porches. Sí, sí… por debajo de los sitios por los que suelen ir los que -como yo- no disponemos de otra forma de evitar la lluvia. De todos estos los peores son, con diferencia, las mujeres tanque. Me refiero a esas féminas de mediana edad (tirando a seniles) bajitas con abrigo de pieles, pelo con permanente y paraguas en ristre que no se conforman con ocupar el espacio de la cornisa, sino que además no se mueven lateralmente ni un ápice. Cuando se encaran a tí (que estás empapado) permanecen impávidas como una roca esperando a que te retires del espacio seco para seguir con su paraguas abierto el camino que llevaban. Hoy gracias a Dios no me he encontrado con muchas de esas. Pero sí de los estandar. Es decir, de los que a pesar de pretender evitar el contacto físico con tu mojado cuerpo no pueden (o no quieren) evitar mojarte con los reguerillos de agua que bajan por su paraguas. De hecho me he jugado la vida al adelantar a una señora tipo caracol que impedía mi avance. Tuve que salirme del camino creado entre la nieve y pisar en la nieve virgen. A Dios gracias no hubo consecuencias desagradables, pero me mojé y corrí el riesgo de hacer el ridículo más espantoso de toda mi vida.

Al llegar al metro noté la mirada de miedo de los que subían las escaleras al ver mi pelo cubierto de nieve y mi ropa empapada, sabedores de que lo que veían en mí era lo que les esperaba a ellos apenas pisaran la calle. La verdad es que el metro es una gozada. Es exactamente igual llueva, nieve, haga sol, haga frío… puedes entrar tranquilo sin miedo ya que no te va a pasar un metro sobre un charco empapándote la pernera o te va a sacar nadie el ojo con la varilla del paraguas. Lo malo del metro es que no es ningún secreto esto que cuento, y claro, se llena cuando hay estos días. Al ver llegar el que he cogido he pensado “Dios mío!! Si parecen sardinas en lata!!”, pero como llegaba tarde he tenido que entrar, y tras mirar varias entradas me he decidido por la que parecía menos atestada. Al entrar empujando un poquito he oido a una señora mayor que decía… más bien gritaba “Si es que no puedo!! No me empuje más por favor!!”. A peser de intentarlo no he logrado localizar la cara de la que salía esa voz . Tampoco es de extrañar, el metro estaba hasta los topes. Pero espero que no estuviera la pobre mujer tendida en el suelo.

Al salir del metro he recuperado el aire y me he dirigido a mi lugar de trabajo. Al llegar al paseo del Prado he comprobado lo bonito que estaba con tanta nieve. Realmente viste mucho, pero es un engorro tener que soportarla.

Tras una dura jornada laboral interrumpida por una magnífica comida en casa de mi hermana María donde conversé con mi sobrino Nicolás sobre la conveniencia o no de llevar espadas para ir a trabajar, me he tomado un cafelito con Maribel en el bar de vejetes que hay en Principe de Vergara. La verdad es que es carísimo pero el dueño (o encargado) nos cuida con un cariño… se ve que somos como la plantita que nace en medio de árboles centenarios. La novedad hace que nos cuide con verdadero amor. Luego he venido a casita para terminar este post… es el primero que escribo más tarde de las 8!

Espero que mañana no nieve!!

Tras su lectura, Therk se frotó los ojos y se quedó pensativo. Dándole vueltas a una sola cosa: Qué demonios sería un paraguas!!







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