Normalmente, cuando uno va al campo no se fija en nada. Ve el verde y poco más. Ni si quiera se fija en los insectos o animales que pueblan tan rico ecosistema. Tiene que venir una serie de documentales como National Geographic para que uno se fije en lo que es la naturaleza y los seres que la pueblan. Donde tu ves una piedra hay en verdad una maraña de intereses creados entre las larvas de la mosca azul y las hormigas negras para evitar que el musgo verdoso de esporas ribonucleicas les bañe con los pólenes que les alimentan antes de la danza de las larvas donde comienza su metamorfosis. Y cual es la diferencia entre National Geographic y yo? Pues ni más ni menos que National Geographics se fija. No mira, se fija. Observa, descubre e intenta investigar qué es lo que mueve a los distintos seres que ha descubierto a comportarse como se comportan.
Dándome cuenta de esa pequeña diferencia y viendo que no era una cuestión demasiado dificil decidí hacerme documentalista urbano, es decir, ser como el National Geographic pero en una faceta más de ciudad. Porque aquí, en Madrid, también hay mil especies nunca descubiertas. Para iniciar mis investigaciones decidí fijarme en los restaurantes. ¿Dónde si no? En un restaurante es donde mayor variedad de seres me puedo encontrar. No me refiero a especies de insectos u otros animales (que supongo que también) sino a los distintos tipos de personas físicas, de hombres y mujeres con los que uno se puede encontrar. Según eso convendreis conmigo en que si algo nos une a todos los seres mortales es la necesidad de comer. Por tanto todo restaurante es una coctelera donde vamos a encontrar una variedad riquisima de seres.
El comienzo de mis pesquisas lo situé en el VIP’s (¿dónde si no?), más concretamente en el de López de Hoyos. Lugar donde suelo ir con Nacho, Luis y Jaime a almorzar. Una vez que me puse a mirar me quedé sorprendido con el gran éxito obtenido. Enseguida ví distintas especies y claras relaciones entre las mismas. Por ejemplo. Todos los que hemos ido al vips hemos pensado que todos los camareros son iguales y lo mismo sirven para un roto que para un descosido. Pues bien, mis estudios vienen a desmentirlo totalmente. Existen 3 tipos de camareros en el vips, que podríamos calificarlos como especies diferenciadas si no fuera porque todos mantienen comportamientos muy similares. Porque, desengañemonos, el camarero del vips es un animal esquivo, desconfiado… es como un periquito: se mueven de aquí para allá, pero si les miras fijamente hacen todo lo posible (y viéndoles realmente te das cuenta de que todo es posible) para no mirarte. ¿por qué? porque han desarrollado un sexto sentido que les ha enseñado que si miran a un ser de esa especie llamada cliente probablemente les va a hacer trabajar. Y el camarerus vipesiensis es un ser que siempre quiere ahorrar esfuerzos. Su jornada es larga y no tiene necesidad de malgastar sus fuerzas a la primera de cambio. (more…)

Erase una vez una vaca llamada Margarita. Margarita vivia feliz en el redil con el resto de sus compañeras y no pensaba que hubiese nada fuera que mereciera la pena más allá de la verja que delimitaba su pequeño mundo. Cada mañana recorría orgullosa la basta extensión de terreno que componía su mundo perfecto y se fijaba en todos los cambios que pudieran haberse producido: La caida de un árbol, la aparición de nuevas aves en los árboles, el amarilleo de la hierba… nada pasaba desapercibido a tan feliz vaca.
Hoy estoy fatal! Tengo un catarro tremendo. Todo empezó hace una semana. Sin comerlo ni beberlo me levanté una mañana con el dolor de garganta que se suele tener cuando se lleva mucho tiempo sin beber. Ese dolor que se produce cuando no se tiene saliva. Es un dolor desagradable y la sensación de tener polvo en vez de saliva hace que uno se pregunte “¿Qué habré soñado esta noche?”. Nada más levantarme me bebí un par de vasos de agua que me calmaron un poco, pero el dolorcillo seguía ahí. Como soy muy sufrido no le dí ayor importancia y pensé que sería un dolor que se iría con el tiempo.
Gregorio se levantó. Esto no habría sido digno de mención si no fuera porque Gregorio era paralítico. Él mismo era consciente de lo extraordinario del hecho. Todos los días al despertar hacía el intento, vano hasta ahora, de levantarse. Era el último resto de la negación de la evidencia que le quedaba de cuando tuvo el accidente. Ya lo hacía como una rutina más, como un derecho-deber. Derecho a mantener la esperanza y deber de seguir albergándola. Ese ejercicio mental había dado su fruto en el cuarto de Gregorio ese quince de mayo, tres años después del trágico suceso que le arrancó la posibilidad de valerse por si mismo.. Y ahí estaba Gregorio. De pie. Con la misma sensación que debe tener el típico perro que, por instinto, se dedica a perseguir a las palomas y un día atrapa a una. Una sensación de sorpresa, de miedo, de ignorancia. Y unos pensamientos… ¡qué pensamientos! Nunca su cerebro había trabajado más rápido analizando la situación. Meditando sobre las posibles causas, sopesando las posibilidades de que fuera una mejora temporal, o un sueño, o algo imposible. 


