Y llegamos al final de esta estrambótica historia. Tras ver que ni llamando nosotros, ni con la ayuda de un agente inmobiliario, ni encomendándonos al Santo Moises(que debe de ser el patrón de los que buscan casa por tirarse 40 años dando vueltas para encontrar la Tierra Prometida). Y no teniendo opción a calzarnos las geniales Kelly Family… estoo… Keli Finder, no nos quedaba más recurso que variar la estrategia: Buscar pisos nuevos. En el fondo es la mejor opción: no tienes que arreglar nada, no debes hacer una reforma al serte entregada, no debes pagar el 20% de golpe, no hay que cruzar los dedos confiando en que no aparezca un vicio o una cañería rota o una derrama extraordinaria o vete tú a saber qué. Además, con los precios que estaban dando -y añadiendo la pequeña reforma que uno siempre hace al comprar una casa de segunda mano- sale por más o menos lo mismo.
Así que tras hablar con nuestro querido amigo Jaime (ya sabeis, el magnífico arquitecto de ARQUO, creadores originales del Coliseo de las Tres Culturas) nos comentó la existencia de una revista llamada “Primera Mano” (la verdad es que el nombre derrocha originalidad por los cuatro costados) en la que aparecen las últimas promociones existentes en distintas regiones de España. Tras comer con él compramos en VIPS la revista y estuvimos ojeándola. (more…)

Realmente el visitar las casas que se venden es, cuando menos, una experiencia tragicómica. Desde la llamada -como ya he comentado- hasta que se sale de la casa puede ocurrir cualquier cosa. La mayor parte de las casas visitadas lo fueron acompañados de un agente inmobiliario, sin embargo hubo una de las casas que visitamos con el prop… bueno, no era el propietario… en realidad podríamos decir que se trataba de otro “agente”. Fue en una casa de las Tablas, llamamos a un teléfono y contestó un señor con acento ecuatoriano, lo cual me sorprendió ya que, aunque la comunidad ecuatoriana en Madrid es grande, no creía que ninguno se hubiese dedicado a la compraventa inmobiliaria. Tras hablar con él quedamos en una dirección que no existía. Tuvimos que volver a llamar cuando estuvimos allí. Una vez en la puerta preguntamos al portero, el cual nos sonrió. Ajeno a nuestro estupor por tanta confianza tomada, se levantó y nos dijo que le acompañáramos. Nos metimos en el interior del inmueble que tenía una distribución tipo castillo de los que tanto gustan ahora, con un gran patio interior donde había una piscina. Pasamos por varios pasillos hasta llegar a la puerta de una casa.
He de confesar que la vuelta a la vida escribiente es algo que -de forma totalmente ilógica- me llena de una ilusión enorme. Desde que me he levantado he estado pensando en lo que me apetecía volver a dar uso a este blog. Y he estado fantaseando sobre lo que diría o dejaría de decir desde esta pequeña banqueta sobre la que me subiré todos los días -espero- para decir tonterías. No he llegado a ninguna idea concreta, así que haré lo que siempre he hecho: ponerme a teclear para descubrir qué es lo que sale.
Era una noche cerrada. Hacía frío. Eduardo Pinco se encontraba apoyado en una esquina de una calle solitaria preguntándose por qué no estaría durmiendo. Miró el reloj, eran las tres de la mañana. Se estaba retrasando. Pensó en encenderse un cigarrillo, pero en seguida cambió de idea ya que la luz de la brasa podría delatarle. Decidió esperar intentando pasar el rato observando el vaho que salía por su boca.


