21 Mar 2006

Entrada 197

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http://www.karlankas.net/blog/wp-images/calleoscura.jpg Era una noche cerrada. Hacía frío. Eduardo Pinco se encontraba apoyado en una esquina de una calle solitaria preguntándose por qué no estaría durmiendo. Miró el reloj, eran las tres de la mañana. Se estaba retrasando. Pensó en encenderse un cigarrillo, pero en seguida cambió de idea ya que la luz de la brasa podría delatarle. Decidió esperar intentando pasar el rato observando el vaho que salía por su boca.

De pronto oyó el ruido de un coche. Se ocultó en las sombras del callejón que daba a la calle principal. La que hemos denominado como calle principal no era más que una calleja de mala muerte de no más de 3 metros de anchura, sin aceras y si la oscuridad nos permitiera ver sus paredes las descubriríamos sin ventanas, con desconchones y pintadas. Era la parte pobre de uno de los barrios más pobres de la ciudad.

El coche pasó lentamente y con las luces apagadas. Nada más pasar el callejón se detuvo y descendió del mismo un hombre alto, y negro vestido con un elegante traje azul marino. Dada la escasa iluminación y el tono de su indumentaria apenas se podía distinguir. Se dirigió al escondite y se encaró con con el que llevaba tanto tiempo esperando.

-”¿Así que has venido? -dijo con una sorprendida sonrisa.
-¿La has traido? -Preguntó Eduardo con indisimulado nerviosismo.
-Aquí está -contestó el recién llegado mientras se sacaba un sobre del bolsillo interior de la americana. Era un sobre alargado y estrecho, de color sepia, con aspecto de tener bastantes años. Al verlo, Eduardo se puso aún más nervioso.
-¡Dámelo! -dijo tan exaltado que a penas podía mantener el tono de susurro que había mantenido hasta entonces. El hombre de color se lo dió con gesto divertido y le advirtió:
-Recuerda lo que has prometido pagar a cambio de este sobre. Es un precio muy alto. Demasiado alto en comparación con lo que recibirás -aconsejó con media sonrisa dibujada en su cara mientras bajaba la carta a la altura de sus dedos. A pesar de llevar haciendo esto tanto tiempo siempre le sorprendía el ansia con el que requerían ‘El Sobre’. Todos sabían lo que les esperaba, pero la curiosidad era demasiado grande como para superarla.
-Sí, lo sé. Dámelo! -gritó con los ojos fijos en el manido sobre mientras se lo arrebataba a la oscura figura que se lo ofrecía. Éste, una vez hecha la entrega, se dió media vuelta y volvió al coche. Arrancó, dió marcha atrás y se largó con la misma idea que siempre tenía al hacer estos encargos: “Debo buscarme otra forma de pasar el tiempo…”.

Al ver Pinco que por fín estaba a solas con su sobre empezó a reir de forma nerviosa. Lo había conseguido. Por fín lo tenía en sus manos. El precio había sido alto pero por fín la tenía. Se la guardó en el bolsillo de su chaqueta y salió intentando aparentar normalidad. Anduvo 3 manzanas hasta su coche. Se montó y abrió el sobre. Dentro había una hoja de papel de color sepia por el paso del tiempo escrita con una tinta que había traspasado el papel. Estaba un tanto emborronado pero se podía entender. Lleno de regocijo Eduardo empezó a leer lo que sería la última carta por la que pasaría sus ojos.

Demasiadas cosas que contar

Ha pasado casi un porrón de tiempo (chorro más, chorro menos) desde la última vez que tuve a bien escribir en este blog. Los motivos que ocasionaron este silencio fueron muchos, variados y de una complejidad enorme. Dado que explicarlo aquí me llevaría páginas y más páginas y no deseando el suicidio de nadie, he decidido no contarlo. Como iba diciendo… ¡vaale, vaaale! os diré porqué no he escrito en todo este tiempo: La pereza -asociada con la pasión por cumplir con mis obligaciones laborales a tiempo- ocasionaron que cada vez tuviera menos tiempo y ganas de escribir. Es triste y penoso pero es así. Sin embargo, me estoy dando cuenta de que mi vida (y la de los de a mi alrededor) está cambiando demasiado desde aquél día que operaron a la pobre Chufa, y me veo en la obligación de escribirlo. Más que nada para que nadie me pueda echar en cara que no lo conté.

Hoy empezamos la segunda parte del KarlanKas News. Un KarlanKas News que promete ser tan soporífero como en la edición anterior pero que no se compromete con ningún formato. Tal vez haya algún día en el que sólo escriba dos líneas en una entrada (cosa que dudo dada mi verborrea habitual) o que sólo contenga una foto. Es por ello que os ruego que sepais perdonar si no logro ayudar a conciliar el sueño del mismo modo que en los anteriores artículos.

Entre las cosas que debo contar se encuentra una noticia de lo más desagradable que creo que debe ser la primera en ser contada: Astracán… ha muerto! Al menos eso creo, aunque no estoy del todo seguro ya que me han llegado rumores que aseguran que lo han visto por las calles de Madrid pasar como una flecha, casi como una exhalación mientras hacía sonar su claxon ante el taller en el que le arreglaron sus asideritos. Descanse en paz el coche que más alegrías me ha dado de todos cuantos he tenido la ocasión de conducir (vaaale, de acuerdo! Nunca he tenido ninguno antes de Astracán!).

Hay otras muchas noticias, como el nacimiento de mi quinto sobrino, el cuarto de mi hermana Cuchi (nombre ficticio que para este blog he tenido a bien ponerle). Es un varón sanote sanote que por el momento no hace más que comer y dormir (realmente muy aburrido) y, de vez en cuando, llorar (esto ya no tan aburrido). También he de contar mi próxima condición de copropietario junto con Maribel de una vivienda (ya, yo aún tampoco sé como la logré engañar), o el haber conseguido encontrar a un digno sustituto para Astracán… pero todo esto lo iré contando en próximos artículos.

Por hoy nada más, he de desentumecerme.

Eduardo se quedó níveo al comprobar que lo que tanto le había costado conseguir no era más que una carta de un tal KarlanKas que no contaba nada relevante, ni interesante, ni divertido, ni enriquecedor. Pensó en todo lo que había dado por ello y empezó a encontrarse mal. ¿Es esto una broma? Su indignación crecía por momentos. Había perdido todo por esta carta esperando que fuera la solución a todos sus problemas, al menos eso era lo que le habían prometido. Y ahora ¿con qué cara se presentaba ante el resto del mundo? Su disgusto fue creciendo cada vez más. Empezó a notar que le faltaba el aire. Abrió la puerta del coche y fue a salir del coche justo en el momento en que su corazón decidió dejar de latir. Su torso cayó a la acera como un fardo. Aún sentado en el asiento del coche y con la mirada perpleja apuntando al infinito su postura podríamos calificarla de grotesca. En su mano derecha aún tenía la carta. Un silencio únicamente roto por unos pasos siguió a dicho momento. Nadie lo vió, nadie pasó, nadie fue a socorrerlo. Los pasos, tranquilos, iban acercándose al cuerpo sin vida. Al llegar, el viandante se paró para descubrir el sobre. Se agachó y lo cogió sin tocar nada más. Luego continuó sus pasos, lentos tranquilos, sólo seguidos por los ojos de los gatos que miraban atónitos cómo un hombre negro vestido con un elegante traje azul marino se alejaba silbando de la escena mientras se guardaba un sobre en el bolsillo interior de su chaqueta. Si supieran hablar habrían entendido claramente al misterioso personaje decir entre silbido y silbido: “Mira que te intenté avisar… tch… ¡¿cuando me podré deshacer de este maldito sobre?!”







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