23 Mar 2006

Llamad y se os abrirá

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Puerta entreabiertaRealmente el visitar las casas que se venden es, cuando menos, una experiencia tragicómica. Desde la llamada -como ya he comentado- hasta que se sale de la casa puede ocurrir cualquier cosa. La mayor parte de las casas visitadas lo fueron acompañados de un agente inmobiliario, sin embargo hubo una de las casas que visitamos con el prop… bueno, no era el propietario… en realidad podríamos decir que se trataba de otro “agente”. Fue en una casa de las Tablas, llamamos a un teléfono y contestó un señor con acento ecuatoriano, lo cual me sorprendió ya que, aunque la comunidad ecuatoriana en Madrid es grande, no creía que ninguno se hubiese dedicado a la compraventa inmobiliaria. Tras hablar con él quedamos en una dirección que no existía. Tuvimos que volver a llamar cuando estuvimos allí. Una vez en la puerta preguntamos al portero, el cual nos sonrió. Ajeno a nuestro estupor por tanta confianza tomada, se levantó y nos dijo que le acompañáramos. Nos metimos en el interior del inmueble que tenía una distribución tipo castillo de los que tanto gustan ahora, con un gran patio interior donde había una piscina. Pasamos por varios pasillos hasta llegar a la puerta de una casa. El portero la abrió y nos la enseñó. Nos dijo que había sido él quien había hablado con nosotros. La casa estaba casi nueva, y el precio no era demasiado alto, al menos esa era la impresión que tuvimos nada más entrar en el recibidor de la casa. Luego cambiamos de parecer cuando llegamos al salón y vimos a 3 personas sentadas en un sofá con latas de refrescos por todas partes y con el suelo de delante de donde estaban totalmente destrozado: sun barniz y con astillas por doquier. Al ver nuestra cara de sorpresa nos dijo el hombre que el vendedor las dejaba hacer uso de la casa mientras no se vendiera. La visita a los cuartos confirmó ese extremo. Calculé que debían de vivir allí como 8 personas. El portero nos lo confirmó. Decía que muchos tenían el turno enfrentado y mientras uno trabajaba de día otro lo hacía de noche compartiendo así la cama. También nos dijo que la venta les venía muy bien porque así le podrían sacar una comisión de 3.000 euros. Es lo malo de asentir con comprensión: que se confían y te cuentan lo que no deben contar al comprador.

Salimos de ese piso con la absurda idea de que si comprábamos ese piso nos iba a ser muy dificil hacer que se fueran sus habitantes. Por lo que decidimos buscar por otro lado. Como quiera que por el trabajo no podíamos andar mirando nosotros decidimos contratar los servicios de varias agencias inmobiliarias. Si he de ser sincero me sentí un tanto invadido en mi intimidad cuando nos preguntaban cuanto nos queríamos gastar, si teníamos otras casas, si pensábamos vivir juntos y tener familia… cosas todas comprensibles a la hora de buscar un piso que mejor se adapte a las necesidades del que busca, pero que no puedo evitar tener la sensación de que en realidad eran un poco cotillas. La agencia que menos hizo por nosotros fue Gerco. Cuando fuimos a preguntar, la mujer que nos atendió, con un hastío propio de la gente que teniendo que trabajar el sábado no quiere hacerlo. Nos preguntó cuanto queríamos gastar y al oir la cantidad maldisimuló un gesto de reprobación y empezó a mirar con un relajamiento infinito las notas garapateadas que tenía en un cuaderno.

-Tenemos un piso en la calle Juan Bravo (una de las más caras de Madrid) por 300.000 euros -dijo sin poder quitar el cansancio de sus párpados. Al oirlo nos pareció interesante. Era una zona muy buena y el precio era del todo asequible. Al preguntarle más datos nos dijo que necesitaba una reforma, que medía 40 metros cuadrados y que era interior. Al ver nuestra cara continuó diciendo que por menos de 90.000 euros poníamos la casa a todo trapo. Como no nos convenció siguió diciendo:

-Casa en Ayala -muy buena zona también- es un sótano exterior y necesita reforma. Esto está muy bien porque el fin de semana podreis dormir muy bien ya que la luz no os molestará. A fin de cuentas la casa es solo para dormir y una vez fuera de la casa estais en pleno centro de la ciudad -decía con voz cansina y monótona la lección que tenía ya aprendida. Yo la miré pensando que no tenía ninguna intención de ayudarnos, al preguntarle por pisos mejores aunque fueran menos céntricos levantó la mirada a un montón de carpetas que tenía sobre la mesa auxiliar con la leyenda “PISOS” y luego nos miró a nosotros y dijo:

-Es que en este momento no tengo más, cuando me lleguen ya os llamaré- Esa idea nos encantó a los tres porque realmente ninguno de los sentados alrededor de esa mesa queríamos seguir con esa entrevista. Al salir comentamos entre nosotros que tal vez no había sido una buena idea ir a esa agencia.

Otro sábado -mal día para buscar- decidimos personarnos en una agencia en la que el único empleado estaba a punto de salir para desayunar. Sintiéndonos culpables empezamos a comentarle nuestras necesidades y el tipo de piso que buscábamos. Este hombre fue bastante más amable y atento, aunque luego con el tiempo descubrimos que también resultaba un tanto pesado. Tras las charlas iniciales quedamos emplazados a que nos llamara para empezar a mirar pisos. Y he de deciros que pisos miramos. Empezamos mirando un piso por la zona de Arturo Soria (buena zona llena de jardines a las afueras del primer anillo de la ciudad) cuyas paredes contaban lo mismo que contaba el agente: había sido un piso de una familia hindú, con niños pequeños y que se fueron porque necesitaban más luz ya que el piso era un bajo. Las paredes de uno de los cuartos estaba empapelada con un opresivo papel de flores que hacían que mirar a cualquier punto del cuarto desarrollara la idea de que jamás volvería uno a ver la luz del cielo. Los restos de la decoración del salón tenían reminiscencias del restaurante Arabia y por todas partes había dibujos en los que se adivinaba el trazo de un niño de menos de 5 años. Tardamos bastante en encontrar de nuevo la salida porque, a pesar de ser de día, no se veía muy bien.

Uno de los pisos que más me impactó fue uno que estaba en una zona de Madrid que el agente decía que tenía muchas posibilidades pero de la que yo en mi vida había oido hablar. No logré retener el nombre, pero para llegar tuvimos que ir en coche por unas callejuelas de lo más enrevesadas. Menos mal que Astracán sabía desenvolverse a las mil maravillas por dichos lugares. La casa era bastante grande y tenía una piscina bastante hermosa, la pena era el color. Por todas partes estaba pintada de colores rosa y pastel. Lo peor fue el portal que estaba forrado por entero de losas que parecían de marmol rosa. Al llegar al piso nos encontramos con un estreeeecho pasillo con mil puertas a cada lado. Parecía el pasillo de camarotes de un ferry. La casa no estaba mal, o al menos estaba limpia y no muy machacada. El problema que tenía la casa (a parte de asegurar pagar un pastizal si ibas en taxi hasta la misma y a parte del color tarta de fresa) era que la casa tenía mucho pasillo. Además todo era alargado: el salón, la cocina… había un sofá costroso en el salón y en la cocina había una nevera. A mí me pareció que los agentes usaban esa casa como… ya sabeis… como picadero. Esta sensación se vió confirmada cuando me comentó el hombre que esa casa era de la agencia inmobiliaria. Resulta que le vió tantas posiblidades que se la compró al que fue a venderla. Al salir de la casa y volver a casa ni que decir tiene que me perdí.

El piso más estrambótico que vimos habría podido servir como decorado para una película sobre la batalla de Stalingrado. Paredes desconchadas, marcos descolgados, armarios desvencijados, suelos gastados, con un techo a apenas 2 metros y 10 cm del suelo. Lo peor de todo es que el hombre nos dijo que era una verdadera ganga y que no nos lo perdiéramos. Que tenía muchas posiblidades. Yo pensé para mis adentros “Por lo menos la posiblidad de poner un ascensor la podían haber contemplado…” ya que la casa era un cuarto piso sin ascensor. Viendo la casa estuve hablando con Maribel en el baconcito que tenía, las vistas eran impresionantes porque era en pleno Arturo Soria, pero tras unos minutos hablando nos salimos por miedo a que se viniera abajo. La conversación fue breve pero de un gran contenido. Yo, como siempre, estaba completamente convencido de que la casa era la indicada para vivir. La causa de este parecer no es otro más que mi condición de persona facilmente convencible, en cuanto me dicen 2 cosas digo que sí. Gracias a Dios Maribel tenía la cabeza más centrada y me hizo entrar en razón.

Tras estas visitas decidimos dejar de usar los servicios de la inmobiliaria y dimos un giro de 180º. ¿Cómo? Mañana lo sabreis.







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