25 Abr 2006

El Espejo de Almas

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http://www.karlankas.net/blog/wp-images/desierto.jpgHay quien cuenta que en cierto monte existió una vez una escultura que representaba lo que ansiaba el corazón del que la observaba. Estaba en lo alto de un paraje seco y desértico en medio de ninguna parte. Para llegar hasta él, no importa de dónde se saliera, había que recorrer cientos de kilómetros. Obviando este inconveniente, miles de personas llegaban de los parajes más lejanos y hacían cola a los pies de la estatua para poder observar lo más profundo de sus corazones.

Era algo mágico, espectacular. La estatua, aparentemente un bloque informe de granito, se transformaba en un elemento maleable que se daba forma a sí mismo. Según quien se pusiera delante mostraba una cosa u otra: dinero, orgías, muertos… mensajes que sólo tenían sentido para quien lo veía y que, por regla general, hacían que éstos se desesperaran, lloraran o -literalmente- se volvieran locos. Nadie estaba preparado para ver las terribles cosas que habitaban en su corazón.

Un buen día, al final de la sudorosa cola que llevaba al Espejo de Almas se colocó un hombre desaliñado, vestido con harapos y con el olor del que no se ha lavado en muchos días. Alguien reparó en él y comenzó a reirse: “!¿Pero cómo un fracasado viene a mirarse en el Espejo de Almas?! ¿Qué va a encontrar a parte de su propia miseria!?”. Y todos reían. Según iban avanzando y se iba añadiendo gente a la fila, en medio del nerviosismo por la proximidad de la maravillosa piedra y molestos por tener delante a alguien tan desaliñado, empezaron a salir voces que reclamaban retirarlo de la cola alegando que alguien tan pobre tenía que haber robado para llegar hasta allí. Sin embargo nadie movió un dedo y siguieron pacientemente esperando y viendo cómo los que tenían la suerte de que llegara su turno, volvía la cabeza, daba gritos horribles o se ponía a llorar allí delante. Todos tenían la firme esperanza de que a ellos no les iba a pasar y a todos les pasaba.

Por fín llegó el turno del desarrapado. Se plantó delante del Espejo y éste empezó a moverse. Empezó a formar lo que parecía que era una cara pero luego paró, se quedó un rato quieto y empezó a formar otra figura, pero antes de aparecer la misma cambió de idea y empezó a formar otra que también desechó. Por fín formó una esfera perfecta que poco a poco se fue haciendo más y más pequeña hasta que de pronto… ¡desapareció!

Los que esperaban detrás al ver lo que había ocurrido estallaron en ira. ¡Ya no podrían ponerse delante de la piedra! Empezaron a insultarle, zarandearle y a pegarle. Del suelo tomaron piedras que lanzaron al mendigo que, sin opción de huir se dejó llevar por su suerte. Empezó a ser enterrado por todas las piedras que le lanzaron. Al ver lo que habían hecho se espantaron y salieron todos huyendo. Cada uno en una dirección y se prometieron todos a si mismos no contarselo a nadie.

Cuentan que al poco tiempo, en el lugar donde murió el mendigo empezó a crecer un arbustillo. Al principio era fino y débil, pero poco a poco fue haciéndose un árbol fuerte y poderoso. A sus pies fueron creciendo y multiplicándose miles de florecillas, también empezó a crecer hierba y todo tipo de arbustos que se fueron extendiendo hasta que cubrieron aquél desierto por entero. Y lo que antaño fue un lugar yermo para la desesperanza se volvió en un vivo ejemplo de alegría. Y las generaciones siguientes jamás oyeron hablar de la extraña piedra que hubo allí. Y aunque lo hubieran oido jamás lo habrían creido ya que era impensable el que en aquél bonito bosque de un solo árbol hubiese habido antes un temible desierto.







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