Ayer tenía que haber sido un buen día: España jugaba octavos contra Francia y seguramente haría un buen partido. Además, por si eso fallaba, iba a firmar por fín la escritura de compraventa de la casa (bueno, y también la hipoteca). El caso es que tras un duro día de trabajo y de una opípara comida en casa de mi hermana Lourdes, fui a buscar a Maribel para presentarnos en la Notaría.
Una vez dentro saludé a la Oficial que había hecho todo el trabajo de redactar la escritura y le dí las gracias por ello, luego estuvimos hablando con Ruth, la representante de la inmobiliaria que nos enseñó un fajo de llaves que nos impresionó. Por lo menos había ahí 20 llaves. Ni San Pedro en sus mejores sueños pudo pensar ningún día en la posibilidad de tener tantas llaves para abrir las puertas del cielo. Ante nuestra sorpresa se sonrió y nos dijo que cada una abría una puerta. (more…)

He decidido trufar mi nueva fuerza redactora con un par de mejoras que espero que os ayuden a los más avanzados en estos temas del blog.
Por fin llegó el gran día. Llegamos a los aledaños del lugar del concierto como 2 horas antes pensando que no podríamos aparcar y que la cola daría varias vueltas al palacio de congresos. Sin embargo, ante nuestra sorpresa, aparcamos en la puerta y vimos que no había nadie en la puerta, por lo que nos fuimos a cenar algo, ya que -infelices- pensamos que el concierto iba a ser de pie y que con los botes que íbamos a dar acabaríamos con más hambre que Carpanta. La cafetería a la que fuimos tenía una peculiaridad: tenía tortillas de todo tipo. Pero además las llamaba de una forma peculiar. Por ejemplo, la tortilla de chorizo la llamaba “Tortilla a la francesa con chorizo” supongo que pretendían que el nombre sonaba mejor así. Pedimos un sandwich de jamón y queso para Maribel y un montadito de lomo con queso. Cuando lo pedí me dijo Maribel que tal vez iba a ser poco solo un montado. Cuando lo trajeron me tuve que santiguar. ¡Madre mía! ¡¿si eso era el montado cómo sería el bocadillo?! Con todo el esfuerzo logré comerme la primera mitad. Pero la segunda tuve que dejarme el pan. Encima tenía cebolla frita (que estaba muy buena pero complicaba sobremanera la ingesta del bocadillo). Tras intentar que no se notara mucho lo hinchado que estaba salimos del bar.
El pasado jueves fui a un concierto de Los Secretos. Es cierto, esta frase la podía haber dicho hace diez o veinte años sin que sonara tan extraño como suena ahora. Tal vez el motivo de esta extrañeza sea simplemente ese hecho, es decir, que hace 20 años pudiera haber dicho exactamente lo mismo. Y es que ya no somos ningunos chavales, ni los secretos ni yo. Y como yo, el 80 por ciento de los seguidores de dicho grupo. Como consecuencia de ello, el entorno elegido fue un tanto peculiar. El lugar es uno que siempre me ha recordado mi capacidad innata para quedarme colgado en determinadas circunstancias (yo y toda la chavalería), este sentimiento toma su base en alguna fiesta de fin de año que tuvimos a bien (por falta de imaginación) pasar entre sus cuatros paredes. Para mí es muy duro reconocer que el sitio en cuestión es el Palacio de Exposiciones de Madrid.



