Por fin llegó el gran día. Llegamos a los aledaños del lugar del concierto como 2 horas antes pensando que no podríamos aparcar y que la cola daría varias vueltas al palacio de congresos. Sin embargo, ante nuestra sorpresa, aparcamos en la puerta y vimos que no había nadie en la puerta, por lo que nos fuimos a cenar algo, ya que -infelices- pensamos que el concierto iba a ser de pie y que con los botes que íbamos a dar acabaríamos con más hambre que Carpanta. La cafetería a la que fuimos tenía una peculiaridad: tenía tortillas de todo tipo. Pero además las llamaba de una forma peculiar. Por ejemplo, la tortilla de chorizo la llamaba “Tortilla a la francesa con chorizo” supongo que pretendían que el nombre sonaba mejor así. Pedimos un sandwich de jamón y queso para Maribel y un montadito de lomo con queso. Cuando lo pedí me dijo Maribel que tal vez iba a ser poco solo un montado. Cuando lo trajeron me tuve que santiguar. ¡Madre mía! ¡¿si eso era el montado cómo sería el bocadillo?! Con todo el esfuerzo logré comerme la primera mitad. Pero la segunda tuve que dejarme el pan. Encima tenía cebolla frita (que estaba muy buena pero complicaba sobremanera la ingesta del bocadillo). Tras intentar que no se notara mucho lo hinchado que estaba salimos del bar.
A falta de media hora para que empezara el concierto entramos en el recinto asombrados al ver que seguía sin haber cola. Estaba lleno de pijines de nuestra época, de esos que hace 15 años iban con los náuticos de Pielsa azules con los cordones y la suela blancos, con el polo de Lacoste encima de una camiseta blanca y los vaqueros Levis 501. El caso es que en los días de hoy tampoco habían cambiado mucho. Me hizo mucha gracia. No desentonaban las calvas que coronaban algunas de las cabezas.
Fuimos al patio de butacas para comprobar que efectivamente estábamos sentados uno delante del otro, y encima en la punta este de la fila de asientos, por lo que -pensábamos- no íbamos a ver bien el concierto. Luego no fue así, pero nos quedamos un poco chafados al ver la ubicación.
Sin tener que luchar por una plaza o un buen sitio se volvió un poco soso esto del comienzo del concierto. Siempre hacía ilusión llegar varias horas antes y mirar hacia atrás para ver cuanta gente entraría detrás de ti e imaginar a qué altura del escenario estarías. El caso es que fuimos a la cafetería a tomar una coca cola. Justo en ese momento nos dimos cuenta de que no teníamos dinero. Esto de las tarjetas de crédito es un asco, le acostumbran a uno a salir de casa sin dinero. El caso es que logramos reunir dinero suficiente para una coca cola. Coca cola que no pudimos tomar porque la maldita moneda de un euro no quería entrar en la ranura de la máquina. Al intentar meterla con efecto la misma se metió debajo de la máquina. Maldiciendo me agaché para comprobar que estaba en el punto más alejado posible. Tras intentar llegar hasta ella tuve que mover la máquina para recuperarla. Tras no poder hacer que funcionara la máquina y con las rodillas llenas de polvo, decidimos volver a nuestro sitio. En ese momento me encontré con Lucía, una chica que trabaja en el Banco Gallego y con la que trato bastante porque firman los préstamos personales con nosotros. Es una chica joven. Debe tener como 10 años menos que yo. Así que nada más verla le pregunté el motivo por el que estaba en un concierto de gente a la que Jácara y Tartufo les resume su vida adolescente. Ella contestó a modo de excusa que Los Secretos le encantaban. Tras cuatro palabras más, volvimos a nuestros asientos y al ver que no se sentaba nadie al lado de Maribel decidí sentarme yo. Y el concierto empezó entre los nervios de Maribel porque pudiera venir el dueño del asiento.
Era extraño porque el grupo estaban en un escenario bastante bajo por lo que se les veía de fábula, pero estábamos todos atados a unas butacas que impedían nuestros movimientos. Estuvimos juntos alrededor de media hora, luego llegaron los dueños de el asiento que me había apropiado y tuve que volver a mi butaca. El caso es que lo hice en cierta medida aliviado, porque cada vez que se abría la puerta Maribel contenía la respiración, y tampoco es eso. Que la pobre también tenía que disfrutar del concierto. Nada más ponerme en mi asiento, me asusté un poco porque pensé que estaba sentado al lado de un maniquí de cera. Luego, al cabo de 20 miuntos, ya comprobé que se movía y descubrí que realmente era una persona con una capacidad limitada de expresar sus sensaciones o sentimientos. Sentado, con las piernas cruzadas y los ojos fijos en el escenario, no parecía que pasara nada por su cabeza. Yo, pobre de mí, me movía en el asiento, daba palmas, cantaba las canciones… pero con ello no conseguía más que cuando daba con mi espalda sobre el respaldo del asiento, mi vecino se moviera un poco por el efecto choque. También conseguía que mirara hacia mí de vez en cuando supongo por no comprender a qué venía tanta alteración.
La apoteosis del concierto llegó cuando cantaron “Déjame”. Todos nos levantamos y empezamos a dar botes, cantar y palmear. Bueno todos no, mi vecino de asiento fue el único en todo el auditorio que no estimó oportuno levantar sus posaderas del asiento. La verdad es que me ponía un poco nervioso. Y no entiendo a qué tanta tranquilidad, ya que iba vestido acorde para la ocasión: llevaba polo (de estos de rayas horizontales gordas azules y blancas que de tanta moda estuvieron) y zapatillas de deporte blancas inmaculadas del tipo stan smith. Se levantaron, él y su novia, en mitad de la siguiente gran canción que era ojos de perdida. Y es que parecía que el auditorio se venía abajo. Todo el mundo gritando, pegando botes… y él, empujado por las masas, se levantó. Ahora bien que no supo muy bien qué más hacer porque se quedó ahí de pie con las manos metidas en los bolsillos hasta el final de la canción.
La verdad es que el concierto estuvo muy bien, aunque si mirabas al patio de butacas parecía que alguno estaba viendo una película de cine más que asistiendo a un concierto. Otra cosa graciosa es que, siendo tan relativamente pequeño el auditorio (comparado con un campo de fútbol) se creó una especie de complicidad con los miembros del grupo que me gustó mucho. Sólo había vivido algo parecido en el concierto de Génesis la última vez que vinieron a España. Concierto al que asistimos cuatro gatos (incluida la Infanta de España Doña Pilar) y en el que el grupo se sentó en el borde del escenario y empezó a cantarnos a los que estábamos ahí como si fuéramos amigos. Estuvo bien, pero no fue ni la mitad de lo que fue el de los secretos. Y es que a fin de cuentas ellos también son de Madrid y eso se nota.
Hicieron un par de bises y nos largaron para casa a las 23:30, tras dos horas de concierto. Tuvieron en cuenta que el 95% de sus fans tenían que trabajar al día siguiente (aunque buena parte de los mismos ya rondaran la jubilación.
Me gustó mucho el concierto pero… ¡cómo hemos cambiado todos!
4 personas superaron su miedo al qué dirán y pusieron un comentario:
hola!!! bonita crónica, los secretos…que recuerdos, que vieja soy, ay! (suspiro)
hace poco estuve en un concierto en un teatro, con publico igualmente sentado como tu y fue…raro, y no era precisamente concierto de clásica.
un beso
Yo no he tenido ocasión de escuchar a Los Secretos porque sospecho que la mayoría de buenos grupos nunca sonaron en las radios de Lima… A quienes si he visto en concierto son a Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat, aunque eso de presentarse en un teatro me gustaría más… sería algo más ‘íntimo’.:wink:
Sigue escribiendo que leerte es uno de mis vicios ![]()
Joxxx, por lo que se lo pasasteis Pirata.
Vaya peripecias con la maquina de Cxcx-Cxlx (no me pagan por decir marcas).
No paro de Imaginarme a Maribel, mirando a la puerta de entrada, y diciendo “Carlos que te vayas a tu sitio, que nos van a pillar” :lol::lol::lol:, y el acompañante que te toco en suerte, yo habría echado mi brazo sobre su hombro, y me hubiese movido con el al compás de las canciones, a ver si así el chico se animaba.
Un saludo.
!! España!!! ¡! A por Ellos ¡
Claro, Alberto. Con tu envergadura cualquiera se te resiste a que le muevas al compás de las canciones, pero con mi complexión, como el hombre se moleste me pega una somanta de golpes. Aunque ahora que lo pienso, tal y como era el pobre, no creo que supiera reaccionar. Cada vez que pienso en él me da tanta grima como frotar con mis dedos una tela de tul.
Miriam, bien sabes que la mula es nuestra amiga…
Maite, por curiosidad… ¿De qué fue el concierto?
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