04 Sep 2006

Anecdotas surrealistas

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http://www.karlankas.net/blog/wp-images/surrealismo.jpgEl surrealismo, término francés que en español se traduciría como superrealismo, era definido por sus creadores como “Puro automatismo psíquico, por medio del cual se intenta expresar, verbalmente o por escrito, o de cualquier otro modo, el proceso real del pensamiento. El dictado del pensamiento, libre de cualquier control de la razón, independiente de preocupaciones morales o estéticas…”. Esta definición se adapta perfectamente a lo que el otro día nos ocurrió a Maribel y a mí en una farmacia.

Habida cuenta de mi costipado, catarro, tos perruna, mucosidad intensa y ronquera persistente decidí acercarme a la susodicha farmacia a pedir un jarabe o algo que lograra acabar con estos síntomas tan incómodos. Cuando llegué había cola. Pequeña, pero cola. A mi izquierda había un señor mayor, con pinta de ser uno de estos ancianos que tienen la virtud -probablemente desconocida para ellos- de despertar la ternura en todos los que le rodean. Esta impresión se vió reforzada viendo como la farmacéutica le atendía. Mientras le tomaba la tensión le trató con una amabilidad superlativa y le indicaba, con la paciencia con la que sólo se habla a un niño pequeño, el resultado de su prueba y las consecuencias de la misma. No pude evitar, aburrido como estaba, escuchar que le comentaba que dado que llevaba ya 3 días con la tensión alta, debía visitar al médico para que le recetara algo para bajarla. El hombre preguntó 3 veces lo que tenía que hacer y las tres veces la mujer le contestó lo mismo con una sonrisa en los labios y en un tono un tanto alto (se ve que el señor era un poco duro de oido).

Además de este entrañable señor había una señora mayor que mientras el otro se tomaba la tensión, hablaba con otra farmaceutica sobre cepillos de dientes. La mujer estaba muy enterada en las características de las distintas ofertas de los cepillos de dientes. Preguntaba si tenían la oferta de cepillos de dientes con pasta de dientes de regalo, a lo que la dependienta contestó que sí. Ante tal respuesta empezó a preguntar sobre los colores “Pero lo tienen de color rojo?”, a lo que la mujer de detrás del mostrador le contestó que no, que rojo le parecía que no. Entonces la mujer contratacó y preguntó por los colores que tenían. Entonces su interlocutora tuvo que ir a un telefonillo que la conectaba directamente con el almacén a preguntar por los distintos colores de dichos cepillos. La chica que atendió la llamada le dijo que iba a mirar y volvió para decir que tenían en azul, verde, blanco y malva; y que en rojo lo tenían pero sin la oferta. La señora mayor dijo ante eso que subieran todos. La dependienta los encargó y se los fue dejando delante. Ella los cogía y comentaba “Podría coger el verde que tampoco es feo… aunque yo el que quería es el rojo. Pero es que si el rojo no tiene la oferta pues no lo voy a querer. Aunque la verdad es que puede que la pasta ni me guste… porque ¿tiene fluor?” A lo que la farmacéutica, ya con algún suspiro de hastío mal disimulado, contestó que sí, que hoy en día todas las pastas tienen fluor. “Porque el blanco es muy soso, ¿no?” preguntó la buena señora, a lo que la farmaceutica le dijo que dependía del gusto de cada uno.

En esto que el señor entrañable terminó de entender lo que tenía que hacer y se fué, lo que me permitió poder ponerme delante del mostrador al lado de la señora y ver que sostenía un cepillo de color blanco entre las manos sin mirarlo. Fijándome en su cara vi que llevaba gafas de sol… que su cabeza no se movía ni un ápice… ¡¡Dios mío!! ¡¡La señora era ciega!! Creedme si os digo que no tengo nada en contra de la gente invidente, pero ¿no es extraño que una mujer que no ve, se tire diez minutos eligiendo el color (… el color!!) de un cepillo de dientes? El caso es que la señora siguió preguntando y la dependienta le dijo que el malva era muy bonito. Entonces la buena mujer le preguntó a una joven que llevaba de lazarillo si le gustaba el malva. Ella dijo que sí. Entonces decidió “Pues para mí el azul y para tí el malva! Pero que raro que el malva sea bonito en un cepillo de dientes!” a lo que la dependienta le contestó que los cepillos eran traslúcidos y por tanto no tenían un color tan fuerte como para chocar. Esta explicación encantó a la mujer que compró los cepillos. Y yo me pregunto, ¿qué más da que el cepillo de una y otra sean de distinto color si la mujer ciega no puede distingurilos, si siempre van a estar condenados a estar en cajones diferentes?

Yo compré mi jarabe con el asombro dibujado en la cara y pensando que nunca uno podrá pensar que lo ha visto todo…







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