Era una noche cerrada. Hacía frío. Eduardo Pinco se encontraba apoyado en una esquina de una calle solitaria preguntándose por qué no estaría durmiendo. Miró el reloj, eran las tres de la mañana. Se estaba retrasando. Pensó en encenderse un cigarrillo, pero en seguida cambió de idea ya que la luz de la brasa podría delatarle. Decidió esperar intentando pasar el rato observando el vaho que salía por su boca.
De pronto oyó el ruido de un coche. Se ocultó en las sombras del callejón que daba a la calle principal. La que hemos denominado como calle principal no era más que una calleja de mala muerte de no más de 3 metros de anchura, sin aceras y si la oscuridad nos permitiera ver sus paredes las descubriríamos sin ventanas, con desconchones y pintadas. Era la parte pobre de uno de los barrios más pobres de la ciudad.
El coche pasó lentamente y con las luces apagadas. Nada más pasar el callejón se detuvo y descendió del mismo un hombre alto, y negro vestido con un elegante traje azul marino. Dada la escasa iluminación y el tono de su indumentaria apenas se podía distinguir. Se dirigió al escondite y se encaró con con el que llevaba tanto tiempo esperando. (more…)




