Hay quien cuenta que en cierto monte existió una vez una escultura que representaba lo que ansiaba el corazón del que la observaba. Estaba en lo alto de un paraje seco y desértico en medio de ninguna parte. Para llegar hasta él, no importa de dónde se saliera, había que recorrer cientos de kilómetros. Obviando este inconveniente, miles de personas llegaban de los parajes más lejanos y hacían cola a los pies de la estatua para poder observar lo más profundo de sus corazones.
Era algo mágico, espectacular. La estatua, aparentemente un bloque informe de granito, se transformaba en un elemento maleable que se daba forma a sí mismo. Según quien se pusiera delante mostraba una cosa u otra: dinero, orgías, muertos… mensajes que sólo tenían sentido para quien lo veía y que, por regla general, hacían que éstos se desesperaran, lloraran o -literalmente- se volvieran locos. Nadie estaba preparado para ver las terribles cosas que habitaban en su corazón.
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Erase una vez una vaca llamada Margarita. Margarita vivia feliz en el redil con el resto de sus compañeras y no pensaba que hubiese nada fuera que mereciera la pena más allá de la verja que delimitaba su pequeño mundo. Cada mañana recorría orgullosa la basta extensión de terreno que componía su mundo perfecto y se fijaba en todos los cambios que pudieran haberse producido: La caida de un árbol, la aparición de nuevas aves en los árboles, el amarilleo de la hierba… nada pasaba desapercibido a tan feliz vaca.
Federico Sortí salió de su despacho feliz por haber cerrado el negocio con los japoneses. Era el contrato más importante que se había firmado por su departamento en los últimos 10 años y lo había hecho él. Estaba pletórico. Y más si tenemos en cuenta que sólo llevaba en la empresa 6 meses. Aleteaba más que caminaba. Iba a ver al Director para rendirle cuentas del resultado de las negociaciones. Esperaba que, por lo menos le ascendieran a uno de esos puestos que tan bien suenan en inglés. Sabía que iba a ser objeto de muchas envidias por parte de sus compañeros, pero sabría sortearlas.
Erase una vez un puercoespín que quería ser ciervo y todas las noches lloraba y pedía a la estrella de los sueños, esa que sólo conocen los erizos, que le concediera su deseo. Cada noche se acostaba con la esperanza de ver su sueño cumplido y cada mañana se levantaba con la tristeza de ver que seguía teniendo las patas cortas. Esto le hacía sufrir mucho.
Durante generaciones se había trasladado en la familia de las moscas el temor hacia los seres de ocho patas largas. Era tan remoto en el tiempo el origen de ese temor que no se sabía muy bien el motivo del mismo. Sólo se sabía que había que hacer todo lo posible por no acercarse a estos seres tan extraños. Cuando eran meras larvas a las moscas ya se les advertía del peligro que corrían si se acercaban a ellos. Y gracias a este temor no habían tenido que lamentar ninguna baja entre sus filas por ataque de estos seres monstruosos. 


